Es inevitable imaginar encuentros posibles sabiendo que son imposibles cuando te empieza a encantar alguien. Un juego inocente que se complica a medida que dedicas cada vez más tiempo a hacerlo. Es la inercia que toma tu cabeza, a la que pones un trapo encima con el que impides que razone, lo que aumenta las posibilidades de cometer el trágico error de emborronar parte de la realidad que veías nítida. De ahí a ignorar que el truco está creciendo como si llevara levadura hasta asfixiar la magia es cuestión de necesidad. Dos voces que te dividen, la del aguafiestas y la del yonki. No haces nada malo soñando, te puedes quitar cuando quieras, pero no debes seguir haciéndolo porque notas que algo se te está escapando de las manos al sorprenderte a ti mismo con la sonrisa prestada en esa cara de estúpido. 

Y llega. El momento en el que te da todo igual, brota. Debajo del trapo. Aún no hay lamentos. Hasta que cualquier frase que se escapa de una conversación cualquiera te da la alarma. Y entonces lo sientes.

Siento que no voy a lamer tu espalda. No voy a olerte mientras te corres. No voy a saber nada de tus uñas en mi culo ni de tu rimmel en mi almohada. No voy a saber dejar de quererte. 

Siento lo que no va a pasar.

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Me he parado a pensar en esta pregunta y me han ido viniendo a la cabeza por este orden las siguientes respuestas: dinero, amor, poder, pasión, ideas. Finalmente, la ilusión. Me quedo con ésta.

He vuelto a atacar la pregunta desde la coherencia que aporta la simplicidad y me he visto hace muchos años, en el recreo en parvulitos. Se llamaba María. Bajita, media melena de pelo negro, muy borde, preciosa. Hacíamos rodar con nuestras manos neumáticos pintados de colores, corriendo por todo el patio a carcajada limpia, deseando que llegara mañana para repetir.
La posibilidad de, espejismo o no, transforma en energía nuestro deseo, capricho, antojo y con ella nos movemos y movemos. Pero es ese movimiento inquieto del ego el que mueve al ser humano y con él, su mundo, concepto que no existiría sin aquél. Para cada pequeño empujón, giro, proyecto, necesitamos la zanahoria al fondo y que alguien, quizá nosotros mismos, nos tape los ojos. Difuminar de la lista de consecuencias, tantas veces memorizadas, el sufrimiento, ayuda aunque llevemos grabado en la piel desde la infancia que nuestro compañero en cualquier empresa que iniciemos será el dolor. 

Después de esta parrafada no tengo claro por qué movemos el mundo. Y menos aún, cómo nos levantamos del suelo y lo volvemos a mover. A veces creo que el mundo camina solo. O lo conduce nuestro ADN. Un día aparece alguien que nos encanta y vemos fácil hacerlo rodar. Incluso caer por el acantilado resulta hermoso. Lo único que sé es que yo, si muevo el mundo, es por alguien.

Lo que mueve el mundo.

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Separados en el espacio pero unidos por hilos. Esa sensación tan difícil de explicar en la que lo que siente la otra persona me afecta a mí. Pequeños detalles como el tono de voz o la velocidad de expresión en una conversación telefónica, descubren un estado de ánimo en el otro que desestabilizan la calma y alertan sobre posibles cambios, como mucho a medio plazo, en la relación, sea del tipo que sea. Esta acción-reacción inmediata en nuestras neuronas, descargando las hormonas necesarias para adquirir un estado de ánimo diferente, me encanta imaginarla a lo largo de hilos invisibles que nos unen. Cuerdas o cables si queréis, según la fuerza del vínculo. A mí me gustan los hilos. Éstos, los que nos mantienen unidos, se pueden tensar, estirar, acortar, aflojar, romper. Y, sobre todo, vibrar. Pues bien, tú y yo hacemos música con nuestros hilos. 

De los hilos invisibles que unen a las personas.

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Imposible seguir negando la inercia que ha tomado mi incapacidad para coger los mandos en esta etapa de mi vida. Llegado a este punto, me dejo llevar, me dejo acariciar y golpear, desisto de intentar hacerme fuerte, observo y, si puedo, disfruto.

He creído a veces que podía amortiguar o incrementar mi manera de sentir, cuando era un crío, hace no muchos meses.  Pensaba que la marioneta era esa parte de mí que se presenta antes los demás humanos. No. No hay hilos ni títere ni artista. Hay casualidades, bajadas y subidas, caídas, tropezones, sueños, amargura y desencanto, esperanza y muros de piedra. No hay nada que podamos asir y manejar. Nada que nos coloque en posición de espectador. Sólo una cinta que no para.

Y así estoy, soy el hamster que aprovecha a echar un vistazo por costumbre, por si todo sigue igual, cuando consigue adelantarse unos centímetros a la rueda. Un extraño consciente de su impotencia. Un turista equivocando su destino,  un turista emocional. No hay hogar ni puede haberlo en este viaje sin vuelta atrás que es cada relación. Cada paso que demos se nos hace ajeno pues no somos ya lo que fuimos. Somos pequeñas piezas de un puzzle que nadie va a terminar. Somos pasajeros. O así me has hecho sentir.

Turista emocional.

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Soy Diego, intenté cambiar mi vida hace 10 años casándome y teniendo dos hijos. Pero después de esta experiencia frustrante, he vuelto a ser quien soy pero con el disfraz de casado. De esto me he dado cuenta antes de ayer, cuando por casualidad Laura apareció en el centro comercial al que habíamos ido Daniela, los niños y yo. Al verlas juntas sin saber nada cada una de la otra, vi mi vida dividida entre lo que no deseo pero quiero y lo que deseo y me obligo a no querer.
Diez años en los que me he ido adentrando en un túnel cada vez más angosto y oscuro, donde la claustrofobia ha estado amortiguando mis instintos hasta que apareció Laura y todas mis ganas se han desatado. Es preciosa, inteligente, irradia ilusión, sensible, y tiene un morbo espectacular. Cada caricia es el acorde de una melodía que pensé que jamás volvería a sonar. Los besos son los primeros siempre. Cada mordisco es la misma lujuria queriendo fundirnos, cada polvo es desaparecer de mi vida enterrado en sexo. La putada es que todo esto es un cuento, en el que no hay culpa ni celos, ni miedo, ni sueños. Uno que no puede acabar porque al hacerlo, todo se haría realidad. La necesidad de elegir, el daño, el rumbo tan diferente que tomaría este barco en el que no sé cómo coño hay tanta gente. 

Mi relación con Daniela ha ido transformándose de grito a silencio. Lo nuestro era como esa canción que no puedes dejar de ponerte a todas horas, casi con ansiedad, que le pasas a todos tus colegas, que cantas solo en la ducha, con la que subes el volumen en el coche. Que terminas aborreciendo. No teníamos nada en común pero encajábamos siempre. Construíamos sueños sin separar los pies del suelo. Nos hemos acompañado, querido y follado. Nos hemos agotado. Nos sabemos la canción de memoria pero ya no sonamos. Tenemos tanto creado, nos daríamos enteros por ello, pero somos tan distintos que cada muestra de cariño se nos hace cuesta arriba. Daniela es la mujer más elegante que jamás hayáis visto. Atractiva, madura, fuerte, segura. Nada que ahora mismo me llame la atención. Por desgaste, por rutina, por lo que mata la vida, por costumbre. Me levanto por la mañana y el cosquilleo de las putas mariposas me viene al acordarme de la última noche en el hotel con Laura. Con Daniela, el de las obligaciones. 

Y aquí estoy, cobarde, niñato, sin atreverme a preguntar, simplemente viviendo a escondidas. Sabiendo que este cuento tiene un final y no queriendo oírlo. Pero no tiene que ser así, a la mierda el estribillo.

Notas discordantes.

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Debo de tener guardados esos sentimientos por aquí, juraría que los dejé en este rincón cuando me venían grandes. Estaban junto a unas decepciones enormes que enterré al no poder hacerlas frente, al lado del recuerdo de las personas que me fallaron. A ver… nada. Se me hace tarde para salir de esta grieta en la que me escondí lo que iba a ser un tiempo y se ha convertido en forma de vivir, tengo que apresurarme. 
Me estoy esforzando en vano. Tengo un problema, he perdido el control. Pensé que todo se centraría en desentumecer mis receptores emocionales, quitar el polvo a mis ganas de buscar, de vivir, recobrar la agilidad, los reflejos, la ilusión que tenía al relacionarme con los demás, sobre todo con los que me gustaban, con los que cedía terreno, con los que me podían llegar a hacer daño. De un manotazo, apartar viejos rencores y que me brillen los ojos de nuevo. Pero por lo que veo, no depende de mí.
Me gobiernan los miedos, mi inocencia, resabiada. Mi mirada se anticipa y ve el fallo antes que el cuento. 

Llevo sentado en este banco horas y me he perdido enumerando cada mecanismo de defensa que se ha vuelto en mi contra ahora que quiero volver a arriesgar. No me salen las cuentas. Y es porque olvidé lo que quería proteger. Tanta barrera es absurda, me digo, no soy yo quien ordena esta fortaleza. No tiene sentido. Se me ha ido de las manos y no me permito manipularme. 

Cada minuto la luz  se hace más tenue. Me queda poco si quiero tomar el mando antes de que en mí sea de noche. Y no sé cómo se hacía. No lo recuerdo. 

Al fondo me ha parecido oír algo. Sí, es una voz. Me quedo totalmente quieto y presto atención. Es tu voz. Es tu jodida preciosa voz. Eres tú llamándome a gritos que me llegan como susurros. Eres mi manera de recuperar el control para poder volver a perderlo. Espera, que te sigo.

Descontrol.

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Estoy donde mi manera de ser me ha traído. Donde mis decisiones, en las que han tomado parte mi razón y mi corazón a partes totalmente desiguales, me han ido acercando. Donde, como un pelele, la vida, el destino, el karma, las casualidades, lo que se me escapa al entendimiento y al control, dios, dioses, monstruos, me han empujado.

Me arrepiento de no poner freno a mis vicios cuando pude, nunca de disfrutarlos. El placer traía consigo suficiente castigo para ser aún más adictivo. Ser consciente de mi situación y no aceptarla, soñar a costa de la vida, renegar de principios por debilidad, construir sobre barro, menospreciar el tiempo y mil errores más, me atribuyo. 

Así voy pasando los días, tambaleante, seguro de mí mismo a ratos, creído, crecido, cobarde, altivo, mendigo. No siempre que hinco las rodillas me levanto orgulloso, a veces repto. Y si vuelo, no muy alto. 

Mis miedos, hace tiempo que nadie se atreve a mencionarlos, los defiendo enseñando las fauces, a zarpazos, sibilino, inteligente, acojonado. No creo en nada que no siga brillando. No creo en mí, no creo en vagos. 

No puedo ofrecer lo que no tengo, y aun así, lo hago. Mal día en el que vienen a cobrarlo. Todas estas trampas me definen. Ten cuidado. Nadie te ha pedido que vengas, aunque puede que te cuide con mi alma el ratito que estemos juntos, pero eso no es contrato. Así que vete, huye, no vuelvas. Y mucho menos te creas que puedes hacer algo, cambiarme, sacarme de este pozo, ayudarme. No te atrevas a quererme, nunca intentes rescatarme. 

No me rescates.

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